¿Para qué la consciencia? - Falkeaprende

¿Para qué la consciencia?

foto unsplash

En las clases de Movimiento Consciente practicamos y aprendemos a ser más conscientes de nuestras sensaciones corporales, de nuestros movimientos internos y externos, y de nuestro propio ser como tal. Hacer las cosas con más consciencia nos puede ayudar a combatir mejor el estrés, a estar más concentrados, más eficientes, tomar mejores decisiones, y más cosas …

En nuestro día a día, la mayoría del tiempo nos olvidamos de que estamos aquí, de que existimos, vivimos, respiramos … – A lo largo del día pasamos más tiempo fuera de nuestro cuerpo que dentro de él. Es decir, no sentimos que, en realidad, no solo tenemos un cuerpo sino somos cuerpo, como decía Alexander Lowen, el creador de la terapia bioenergética. ¿Somos cuerpo o tenemos cuerpo? Sea cual fuera la respuesta, lo importante es sentir.

¿De qué va eso de sentirse dentro del cuerpo?

Os contaré un poco de mí: A lo largo de mi vida de adolescente y joven adulta me pasé la vida en la “cabeza” – pensando, estudiando, y sintiendo mi corazón: a veces triste, a veces alegre. Yo era muy emocional y muy impulsiva, así que creía que sentía cuando sentía una emoción. No me di cuenta de que estaba equivocada hasta que, con treinti-tantos años, comencé a formarme en terapia corporal integrativa. Hasta entonces no había tenido consciencia de mi cuerpo. Ninguna. Comencé a darme cuenta de que no había estado “entera”. – Los brazos iban por un lado, las piernas por otro, el vientre … – ¿el vientre? – El vientre apenas existía, y el corazoncito estaba ahí sintiendo el dolor del mundo, sin saber del apoyo de las piernas. Así pasó que cada asunto doloroso o conflictivo que apareció en mi vida lo vivía como algo tremendo. De esta manera, las situaciones amenazantes o conflictivas me podían tumbar al suelo. Mi terapeuta y formador, Jose María García García, me dijo una vez que si no sentía el contacto con mis piernas, no podía percibir la realidad: Por lo tanto, no debía creerme nada. Mis sentimientos venían del mundo de las ideas, de las creencias fabricadas en la infancia o adolescencia.  Si tenemos creencias de no ser adecuada, de ser un defecto de la naturaleza, de ser un desastre, de ser poco válida, poco querible etc. etc., es comprensible que cada dos por tres nos encontramos por los suelos en cuanto a ánimo, autoestima y ganas de vivir. Ahora bien, lo que nos quita ese ánimo de vivir no es real.

¿Vamos entendiendo de qué va eso de sentirse dentro del cuerpo? Comenzamos el rastreo por la base de nuestro cuerpo, las piernas. De ahí pasamos al vientre – importante detector de necesidades básicas como el hambre, la necesidad de amor, cobijo, abrazos, valoración … Si no sentimos el vientre, no podemos saber qué necesitamos realmente. Y si no sabemos qué necesitamos, de nuevo nuestras ideas nos confundirán. Nos inventaremos unas necesidades que a menudo son sucedáneos de las necesidades reales: dinero, éxito, entretenimiento, consumismo … Nos volvemos adictos a cosas irracionales porque estamos muy confundidos. 

Sin consciencia no sé quien soy

Podríamos seguir pasando por las diferentes zonas de nuestro cuerpo y ver la importancia de su interconexión para sentirnos seres humanos enteros. Pero lo vamos a dejar aquí, y constatamos, de momento, que la conciencia corporal (el sentir) es el portal hacia la consciencia que hoy en día conocemos también como el “aquí y ahora”. Buscar el “aquí y ahora” fuera del cuerpo puede ser peligroso: puede ser fruto de una confusión mental. Sin estar en mi cuerpo no sé quién soy, no sé qué siento realmente, no sé qué necesito de verdad, y por lo tanto no puedo tomar las decisiones correctas. Sin consciencia no encuentro un rumbo en la vida que me haga sentir pleno y feliz, sin necesidad de los ya mencionados sucedáneos que nos vuelven adictos. No encuentro una felicidad real, sana y equilibrada. – Es imposible, porque desde la inconsciencia sigo patrones inculcados, hábitos aprendidos, sin saber por qué las tengo. La inconsciencia nos hace “funcionar”como un robot programado.

¿Qué somos, seres humanos o robots? 

La pregunta suena un tanto sarcástica, pero ante tanta actitud robótica que podemos apreciar en nuestro entorno – y en nosotros mismos – se nos olvida lo que es un ser humano. Estamos acostumbrados a ser tratados como máquinas que pasan la revisión cuando vamos al médico; estamos más que endurecidos para pasar por la maquinaria de la burocracia cuando necesitamos cualquier papel, y todos hemos pasado por el colegio donde todos tienen que hacer las mismas tareas, estudiar las mismas materias de la manera que nos dice el profesor, sin importar nuestras diferencias como seres humanos. Nos acostumbramos a “funcionar” y hacer lo que nos digan y ordenan – y los que no se someten a la maquinaria del sistema, ya sea porque no quieren o porque son incapaces, son declarados culpables, locos o enfermos. Cada vez detectamos más trastornos en los niños. Y más de un ser humano crítico se pregunta: ¿No es tal vez porque el sistema está enfermando a los niños? ¿No es tal vez porque los niños “especiales” necesitan otro tipo de trato, de actividades, de espacios, de tareas …? Tal vez conocéis la historia de aquella famosa bailarina, Gillian Lynne, que tuvo muchos problemas de comportamiento y rendimiento académico en la escuela. Su madre se preocupaba y la llevó a un especialista. Tras hablar con su madre, el hombre dijo que quería hablar a solas con su hija. Puso la radio y la dejó un momento sola en el despacho mientras salía con la madre. Le dijo a la madre que se quedara observando a su hija. Gillian, en cuanto escuchó la música, se levantó y comenzó a mover su cuerpo con la música. El especialista dijo: Señora Lynne, su hija no está enferma, ¡es una bailarina! Llévela a una escuela de baile. La madre lo hizo, y ella cuenta: “Apenas puedo describir cuán maravilloso era. Entramos en esa sala, y estaba lleno de gente como yo. Gente que necesitaba moverse para poder pensar.”

Todos somos especiales

Pero no solo los niños “especiales” son especiales, todos y cada uno de nosotros es especial y único. Cada uno de nosotros necesitaría conocer su verdadero ser para poder sentirse pleno y feliz. No obstante, nos adaptamos a una vida en la que dominan los “tengo que” y los “no se puede” y “no se hace”, la falta de tiempo y la cohibición a toda regla: No hay que mostrar emociones ni de alegría ni de tristeza. Del enfado mejor ni hablamos. Mejor nos mordemos la lengua antes de contradecir a un jefe o a un compañero de trabajo. Fallamos en la comunicación con los demás, tanto en la vida laboral como en la vida relacionar. Nos callamos tantas cosas y nos impedimos de tal manera drástica la expresión corporal natural y espontánea que a veces explotamos, o bien nos enfermamos: Ataques de ansiedad, dolencias de todo tipo, enfermedades varias, depresión, falta de motivación, etc. etc. 

Recuperar nuestro autentico ser, sentir y moverse

Las clases de movimiento consciente pretenden poco a poco reparar ese daño antiguo que proviene de nuestra educación y demás vivencias que tuvimos de niños. En la clase invitamos a tomar consciencia de las tensiones que nos causamos para evitar ser espontáneos y naturales, para no expresarnos. Durante el desarrollo de cada sesión pasamos de tomar consciencia de lo que sentimos a abrirnos a nuevos movimientos, encontrando movimientos auténticos, estimulados por músicas y ritmos. Buscamos abrir la respiración y descargar tensiones a través de diferentes técnicas provenientes de la bioenergética, del yoga y de la danza. Cada clase suele tener un tema concreto, aunque lo importante es que cada uno de los asistentes pueda atender su propia necesidad de ese mismo día y momento. En la clase podemos conocernos mejor a nosotros mismos y dejar que salga el “loco” que duerme en nuestro interior, deseando salir y desarrollar un auténtico ser humano: Entero, completo, vibrante y feliz. 

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